… El estruendo de las botazas del soldado en las pulcras
callecitas desiertas ponía una realizad irreverente. Cuando el apremio que
tiraba de él fue casi insoportable, el soldado tropezó con una patrulla de gudaris
vigilando sus movimientos. Les preguntó si estaba lejos el mar y le
respondieron dos cosas: que lo tenía a un tiro de piedra y que no era el mar
sino la mar.
Y a los pocos metros el soldado se vio ante un estallido de
agua tan grande que lo dejó anonadado y tuvo que sentarse en la inmensa playa solitaria…




